Felipe, Laura, Silvia o Juan, todos por igual cuando piensan emprender un negocio, piensan principalmente en las ganancias que obtendrán de éste. Eso está muy bien, claro que todo aquél que inicia un proyecto quiere que le sea rentable.

Pero emprender un proyecto no implica dejar de pensar en tu entorno. Fundar un negocio no es opuesto a mantener ideales de buena convivencia, empatía y solidaridad para convertirse en un sujeto exclusivamente ambicioso y egoísta, irradiando sólo codicia privada y olvidándose del bien público.  Si algo es cierto es que toda sociedad necesita de hombres y mujeres emprendedores, que a su vez generen trabajo. Sucede que hay empresas con tal capacidad de explotación de oportunidades de negocio, que su crecimiento permite también la prosperidad en la economía de comunidades y ciudades, generando –por ejemplo-, puestos de trabajo, servicios, nuevos productos e incluso riquezas. En este sentido, todo buen negocio puede también beneficiar al prójimos sin afectar negativamente sus ganancias, todo lo contrario. Cada nuevo emprendedor es un posible socio o cliente, que un proyecto sustentado en buenos ideales puede tener a favor.

Hoy no basta con crecer desde el punto de vista económico y tecnológico solamente, dejando de lado el respeto por las leyes de las cosas y la importancia de convertirse en seres humanos integrales. El paradigma de que emprender lleva a la riqueza y ésta a la felicidad debería ser un “slogan” superado. No basta emprender con la mirada exclusiva y egoísta del retorno monetario. Uno de los objetivos de cada emprendedor debe ser lograr tanto satisfacción individual como felicidad duradera. Un emprendedor no puede anclarse en el pragmatismo de ganar plata. Esto sólo hace que el emprendimiento sea visto como un medio para crear prestigio y beneficio individual. Necesitamos empezar a pensar que emprender no es la vida, sino un medio para mejorarla. Así, esto sólo indica que el éxito no es una acumulación de ambiciones personales, sino grupales.

Necesitamos darle un sentido más amplio y humano a nuestro trabajo, y por ende evitar convertirlo en una transacción bancaria sin perder de vista la felicidad que éste puede generarnos y generar a otros. Actualmente, el buen trabajo puede llevar a la felicidad en la medida en que esa felicidad y prosperidad se comparte con otros. Así, el mundo actual parece estar buscando ese equilibrio entre lo laboral y lo familiar, dentro de lo cual eso que más queremos pasa a un plano importante dentro de nuestros esfuerzos. Por estas razones, cada emprendedor debe evitar -a toda costa- trabajos que no lo satisfaga desde el punto de vista emocional. ¿Qué sentido tiene el esfuerzo o sacrificio si tu trabajo no te hace feliz? Esta pregunta podría ser un medidor constante en todo negocio emprendido o por emprender. Invertimos tiempo para sacar determinado proyecto, sin capital al principio, sin poder cosechar nada, sólo sembrando y sembrando, trabajando muy duro y escuchando, hasta que en un momento el esfuerzo entra en coherencia con la productividad y empezamos a ver el diálogo entre ganancias monetarias y vivenciales. Esto sólo se logra pensando en el propio trabajo como un medio para mejorar la vida y dar cuotas de felicidad a los otros en la medida que obtenemos felicidad para nosotros mismos.